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15 de Julio, 2026

Cuando la salud se busca en internet: redes, IA, dudas y desconfianza

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Cuando la salud se busca en internet: redes, IA, dudas y desconfianza

Una molestia que aparece de repente, un síntoma que se repite de forma habitual o un accidente leve que, en principio, no parece requerir atención urgente pueden llevar a muchas personas a buscar respuestas en el teléfono móvil. En pocos minutos, una misma duda de salud puede conducir a vídeos, testimonios, consejos profesionales, publicidad y experiencias personales que conviven en la misma pantalla. Las redes sociales han ampliado el acceso a la información sanitaria, pero también han creado un entorno en el que la utilidad, la confusión y la desconfianza aparecen al mismo tiempo.

Esta forma de informarse ya ocupa un espacio relevante. Una encuesta del Pew Research Center publicada en abril de 2026, realizada entre 5.111 adultos de Estados Unidos, encontró que el 36 % recurre ocasionalmente a las redes sociales para obtener información sanitaria. El porcentaje sigue siendo inferior al de quienes recurren a profesionales sanitarios, pero muestra que las plataformas digitales forman parte del recorrido informativo de una parte importante de la población. Además, el 73 % utiliza tres o más tipos de fuentes, por lo que la consulta médica, las páginas especializadas y las experiencias de otros usuarios suelen combinarse.

Algunas de las razones son la rapidez y la facilidad de acceso. Las redes están disponibles a cualquier hora, permiten buscar términos concretos y ofrecen explicaciones breves sobre asuntos difíciles de comprender en poco tiempo. Entre quienes reciben información sanitaria a través de ellas, el 40 % considera que acceder a esos contenidos es muy cómodo. La rapidez permite encontrar información casi en el momento en que aparece una duda, pero esa información suele ser general y no tiene en cuenta la situación concreta de cada persona. Que una respuesta esté disponible de inmediato no significa que sea precisa ni que pueda aplicarse directamente a quien la consulta.

La búsqueda de respuestas sanitarias ya no se limita a los buscadores o las redes sociales. Los chatbots de inteligencia artificial se están convirtiendo también en una primera vía de consulta cuando aparece una duda y no se sabe cómo actuar. Una encuesta publicada por Pew Research Center en 2026 encontró que el 22 % de los adultos estadounidenses había utilizado chatbots de IA para resolver dudas relacionadas con la salud. La posibilidad de describir una situación, añadir nuevos detalles y formular preguntas sucesivas ofrece una experiencia diferente a la de consultar un vídeo o una publicación.

Ante una quemadura, una herida, un hematoma que cambia de aspecto o un posible riesgo de infección, la IA puede convertirse en el primer lugar al que se acude para ordenar la situación y decidir los siguientes pasos. Su valor está, en buena medida, en la inmediatez: responde cuando todavía no se ha podido contactar con un profesional o cuando la persona duda sobre si debe hacerlo. Sin embargo, la herramienta no puede explorar físicamente al usuario, comprobar toda su información clínica ni garantizar que ha interpretado correctamente lo que se le describe. Una respuesta clara y convincente puede contener errores, pasar por alto datos importantes o transmitir más seguridad de la que permite la información disponible, por lo que la OMS recomienda cautela en el uso de modelos generativos para cuestiones de salud.

Esta diferencia entre comodidad y fiabilidad explica parte de la relación con la salud digital. Casi la mitad de quienes reciben información sanitaria mediante redes considera que esta es poco o nada precisa, mientras que solo un 7 % la valora como altamente precisa. Sin embargo, reconocer esa falta de confianza no impide seguir consumiéndola. Una persona puede desconfiar del conjunto de la plataforma y, al mismo tiempo, prestar atención a determinados perfiles o testimonios. La confianza se deposita a menudo en quien aparece en pantalla, en su forma de comunicar o en una experiencia con la que el usuario se identifica.

También influye la figura del creador de contenido sobre salud y bienestar. Otro análisis de Pew publicado en mayo de 2026 estudió 12.800 cuentas pertenecientes a 6.828 creadores con al menos 100.000 seguidores. Solo el 41 % se presentaba como profesional sanitario y un 16 % no incluía información sobre su formación o experiencia. La apariencia profesional de un vídeo, el número de seguidores o la seguridad con la que se transmite una recomendación pueden confundirse con conocimiento especializado. Esos elementos, sin embargo, no permiten comprobar por sí solos si quien habla posee la preparación necesaria.

Los testimonios personales añaden otra capa. Escuchar a alguien que ha vivido síntomas similares o ha pasado por un diagnóstico puede ayudar a sentirse comprendido. El informe de Pew muestra que el 66 % de los adultos obtiene información sanitaria de personas con problemas parecidos a los suyos. La experiencia compartida puede ofrecer apoyo y generar preguntas útiles para una futura consulta, pero sigue siendo una vivencia individual. Lo que funcionó o causó un efecto secundario en otra persona no permite anticipar lo que ocurrirá en un organismo distinto.

El problema aumenta todavía más cuando una información se contradice con otra. Un alimento puede presentarse como imprescindible en un vídeo y perjudicial en el siguiente; un síntoma puede asociarse a una enfermedad grave y, segundos después, describirse como una reacción normal. El 76 % de los participantes afirmó encontrarse con información sanitaria contradictoria, y el 54 % reconoció tener dificultades para decidir qué debía creer. La abundancia de respuestas no siempre reduce la incertidumbre, sino que puede abrir nuevas dudas que antes no existían.

Las propias características de las plataformas favorecen esta situación. Las redes organizan los contenidos según su capacidad para captar atención y mantener al usuario dentro de la aplicación. En salud, eso puede dar ventaja a mensajes contundentes, resultados espectaculares o explicaciones que atribuyen problemas complejos a una sola causa. La evidencia científica suele avanzar mediante matices, probabilidades y resultados que pueden cambiar con nuevos estudios, mientras que las redes premian con frecuencia las afirmaciones breves y seguras. Un contenido que reconoce límites puede resultar menos atractivo que otro que promete identificar la verdadera causa de un síntoma.

La desconfianza tampoco surge únicamente de los contenidos falsos. Algunas personas recurren a las redes porque no han obtenido una explicación que comprendan, tienen dificultades para acceder a la atención sanitaria o sienten que sus preocupaciones no han sido escuchadas. Un estudio publicado en 2026 encontró que una comunicación clínica centrada en el paciente fortalecía la confianza en los profesionales y reducía la dependencia de las redes como fuente sanitaria. Escuchar, explicar con claridad y responder a las dudas puede actuar como una barrera frente a la confusión digital.

Los usuarios también expresan qué esperan de una fuente sanitaria. Tres cuartas partes de los participantes del informe de Pew consideraron muy importante que quien proporciona información tenga formación médica relevante; el 73 % valoró que se informara con transparencia sobre posibles conflictos de interés, como colaboraciones remuneradas o beneficios derivados de una recomendación, y el 72 %, que las explicaciones fueran fáciles de entender. La credibilidad depende tanto del conocimiento como de la capacidad para comunicarlo con claridad y honestidad. Informar sobre la propia formación, citar las fuentes y diferenciar una experiencia personal de una recomendación general ayuda a construir espacios digitales más seguros.

Buscar información de salud en redes no supone un hábito negativo ni conduce necesariamente a una decisión perjudicial. Puede facilitar el acceso a campañas preventivas, divulgar conocimientos científicos o ayudar a formular preguntas más precisas. El riesgo aparece cuando un contenido general sustituye a una valoración individual, una experiencia se interpreta como una prueba o la popularidad ocupa el lugar de la evidencia. Comprobar quién habla, qué formación posee y en qué fuentes se apoya se ha convertido en una competencia sanitaria.

Las redes sociales ya forman parte del modo en que muchas personas comprenden su cuerpo, interpretan síntomas y toman sus decisiones sobre salud, por lo que ignorar ese espacio no elimina sus riesgos ni reduce su influencia. El reto consiste en responder a la necesidad de información sin reforzar el miedo, la falsa seguridad o la desconfianza, y en conseguir que la comunicación sanitaria profesional también sea accesible, clara y cercana. Cuando las dudas encuentran respuestas comprensibles dentro y fuera de la consulta, resulta más fácil utilizar las redes como un punto de partida y no como el lugar en el que termina una decisión sobre la propia salud.

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