21 de Agosto, 2026
Cuando el calor lleva los problemas de salud mental a urgencias

Cuando las temperaturas se disparan, los riesgos más mencionados y preocupantes tienden a ser la deshidratación, el agotamiento o los golpes de calor. Sin embargo, las consecuencias de una ola de calor no terminan en lo físico. Una investigación publicada en julio de 2026 en Nature Health apunta a otro efecto menos visible: durante los episodios prolongados de calor extremo también aumenta la probabilidad de hospitalización por trastornos mentales y del comportamiento.
El trabajo analizó 2.618.307 ingresos hospitalarios registrados durante las estaciones más calurosas entre 2000 y 2019 en 852 localizaciones de Brasil, Canadá, Chile y Nueva Zelanda. Los investigadores consideraron como referencia principal una ola de calor con una temperatura media diaria por encima del percentil 97,5 de cada lugar durante al menos cuatro días consecutivos. Con esa definición, el riesgo de ingreso por problemas de salud mental aumentó un 3,3 % el mismo día de exposición y un 5,6 % al considerar de forma acumulada ese día y los ocho posteriores.
No se trata solo de irritabilidad
Pasar varios días durmiendo peor, soportando temperaturas altas o modificando las rutinas puede generar cansancio, irritabilidad o dificultad para concentrarse incluso en personas sin un trastorno previo. Pero el estudio no midió simplemente malestar subjetivo. Analizó hospitalizaciones, es decir, situaciones que habían alcanzado suficiente gravedad como para requerir atención hospitalaria.
Además, el incremento no se concentró en un único trastorno. Al analizar por separado los distintos tipos, los investigadores encontraron también una relación entre el calor extremo y los ingresos por ansiedad, demencia, trastorno bipolar, esquizofrenia y problemas relacionados con el consumo de sustancias. Esto no significa que una ola de calor llegue a provocar por sí sola estas enfermedades. La investigación identifica una asociación temporal: cuando el calor extremo se mantiene durante varios días, determinadas descompensaciones o crisis pueden ser más probables.
Esa diferencia es importante. La salud mental depende de factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales que interactúan entre sí, y la temperatura puede funcionar como un elemento de presión adicional en personas que ya se encuentran en una situación vulnerable, sin ser necesariamente el origen del problema.
Qué puede ocurrir en el organismo
Mantener estable la temperatura corporal exige una respuesta constante. Cuando hace calor, el organismo aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel y utiliza la sudoración para perder temperatura. Si la exposición se prolonga, especialmente cuando las noches tampoco permiten recuperarse, ese esfuerzo puede favorecer deshidratación, alteraciones de electrolitos, fatiga y cambios en el funcionamiento cognitivo.
A todo esto se suma la falta de sueño. Una revisión publicada en 2026 sobre calor nocturno en adultos de mediana edad y mayores encontró que las temperaturas elevadas durante la noche se relacionan de manera consistente con menos tiempo total de sueño, menor eficiencia y más despertares. Dormir mal una noche puede resultar incómodo; hacerlo repetidamente puede afectar la regulación emocional, la atención y la capacidad para afrontar el estrés.
Por eso, los factores que pueden explicar el aumento de ingresos no deben reducirse a una sola vía. El calor puede combinar estrés fisiológico, falta de descanso, cambios en las rutinas, mayor aislamiento o dificultades para acceder a espacios frescos. En personas con determinados problemas de salud mental, esa suma puede contribuir a que un cuadro previamente estable se vuelva más difícil de manejar.
La importancia de la medicación
Hay además una cuestión especialmente relevante para quienes reciben tratamiento con psicofármacos. En 2025, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios y el Comisionado de Salud Mental publicaron recomendaciones específicas sobre su uso durante episodios de calor. Algunos medicamentos pueden modificar la capacidad del organismo para regular la temperatura, la sudoración o la percepción del malestar térmico.
Los antipsicóticos, por ejemplo, pueden interferir con la termorregulación y la sudoración. Algunos antidepresivos también pueden alterar esta última, mientras que la deshidratación puede aumentar el riesgo de toxicidad del litio, ya que la pérdida de agua y sodio puede hacer que los riñones eliminen menos cantidad del medicamento y aumente su concentración en sangre. Esto no implica que los tratamientos deban suspenderse cuando llega una ola de calor. Al contrario: cualquier cambio debe realizarse siguiendo indicaciones sanitarias. Lo importante es conocer el riesgo, mantener una hidratación adecuada y consultar si aparecen síntomas poco habituales.
La relación entre tratamiento y temperatura ayuda a entender por qué dos personas expuestas al mismo ambiente no necesariamente responden igual. La edad, las enfermedades previas, la medicación, la autonomía personal y las condiciones de la vivienda pueden modificar considerablemente la capacidad para adaptarse.
Mayor vulnerabilidad
Durante el estudio, se encontró una mayor asociación en personas de 60 años o más. También se observaron efectos más evidentes en zonas con menor densidad de población y en lugares donde el tiempo de desplazamiento hasta los servicios sanitarios era mayor. Son resultados que recuerdan que la vulnerabilidad ante el calor no depende exclusivamente del termómetro.
Vivir solo, tener dificultades de movilidad, no disponer de refrigeración adecuada o encontrarse lejos de recursos sanitarios puede hacer más difícil reaccionar cuando el estado físico o mental empieza a deteriorarse. La Organización Mundial de la Salud señala precisamente a las personas mayores, quienes padecen enfermedades crónicas y quienes toman determinados medicamentos entre los grupos que requieren especial atención durante los episodios de altas temperaturas.
Tener en cuenta la salud mental también forma parte de los planes frente al calor
Las recomendaciones frente a una ola de calor en general se centran en beber agua con regularidad, evitar las horas de mayor temperatura, mantener la vivienda lo más fresca posible y reducir la actividad física intensa. En personas con problemas de salud mental, estas medidas pueden necesitar algo más de planificación: comprobar que la medicación se toma correctamente, facilitar el acceso a líquidos y espacios frescos, vigilar cambios llamativos en el comportamiento y mantener el contacto con quienes pasan muchas horas solos.
También conviene diferenciar el malestar habitual de una situación de alarma. Confusión intensa, convulsiones, pérdida de conciencia o una temperatura corporal muy elevada pueden ser signos de golpe de calor y requieren atención médica urgente. Del mismo modo, observar un empeoramiento grave o repentino del estado mental debe valorarse sanitariamente.
La investigación publicada en Nature Health no demuestra que el calor sea la causa directa de cada hospitalización; sin embargo, su tamaño y su análisis en cientos de localizaciones refuerzan una idea cada vez más presente en salud pública: las olas de calor no afectan únicamente al cuerpo de la forma que tradicionalmente imaginamos.
Cuando varios días de temperaturas extremas se traducen en una mayor demanda hospitalaria por problemas de salud mental, prepararse también significa mirar más allá del golpe de calor. Proteger el descanso, tener en cuenta los factores de vulnerabilidad y anticiparse a posibles descompensaciones puede contribuir a reducir riesgos y a detectar antes cuándo una persona necesita atención sanitaria.

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