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18 de Agosto, 2026

El ahogamiento en el agua no se parece a las películas: señales y medidas que pueden salvar una vida

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El ahogamiento en el agua no se parece a las películas: señales y medidas que pueden salvar una vida

Cuando vemos una escena de ahogamiento en una película o una serie, suele representarse con una persona que grita, agita los brazos y pide ayuda mientras lucha contra el agua. En la vida real, sin embargo, la escena puede ser muy distinta. Quien está ahogándose puede no tener capacidad para hablar, levantar las manos o realizar movimientos llamativos. A veces, desde fuera, parece simplemente alguien que nada mal, permanece demasiado quieto o intenta mantenerse a flote, y reconocer esa diferencia permite actuar antes de que la situación sea crítica.

El problema está lejos de ser algo excepcional. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cerca de 300.000 personas mueren cada año por esta causa a nivel mundial y casi una cuarta parte son menores de cinco años. En España, el Informe Nacional de Ahogamientos de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo registró 472 muertes no intencionales en espacios acuáticos durante 2025. Son cifras que recuerdan que todos esos espacios, sean playas, piscinas, ríos o embalses, también exigen prevención.

Respirar como prioridad

La imagen mencionada anteriormente en la que la persona puede gritar y pedir ayuda desde el agua corresponde más a una persona que todavía conserva cierto control más que a una que se encuentre en una fase más crítica de ahogamiento. Pero cuando el mantenerse a flote y respirar se convierten en la prioridad inmediata, pedir auxilio no es tan factible: hablar exige coordinar la respiración y mantener las vías respiratorias fuera de la superficie durante el tiempo suficiente.

Por eso, para los que presencian la escena desde fuera, el silencio no debe interpretarse como una señal de que todo va bien. Hay indicios que requieren un nivel de atención superior: como la ausencia de avance pese a los esfuerzos por nadar, una posición prácticamente vertical sin desplazamiento, intentos repetidos por mantener la cabeza fuera del agua o una persona inmóvil boca abajo. Junto a eso pueden darse también movimientos que, vistos desde cierta distancia, quizá no parezcan especialmente alarmantes.

Existe además una diferencia importante entre tener dificultades en el agua y haber perdido por completo el control. Quien todavía conserva cierto control puede responder, agarrarse a un elemento flotante o pedir ayuda. Quien se está ahogando puede perder rápidamente esas capacidades. Si algo no encaja, intentar obtener una respuesta y avisar cuanto antes resulta más seguro que esperar a que aparezcan las señales dramáticas que solemos asociar con una emergencia.

El impulso de ayudar también puede ser peligroso

Detectar el problema pronto es fundamental, pero entrar de forma impulsiva no siempre es la mejor respuesta. Un rescate sin preparación puede poner en peligro también a quien intenta ayudar. Las guías europeas de primeros auxilios de 2025 recomiendan que las personas sin formación específica no entren al agua y utilicen métodos de rescate desde una posición segura siempre que sea posible.

Si existe servicio de socorrismo, hay que alertarlo inmediatamente y activar el 112. Desde tierra puede acercarse o lanzarse un elemento que permita a la víctima agarrarse y mantenerse a flote, como un aro salvavidas, una cuerda, una pértiga u otro objeto flotante. Entrar al agua debería reservarse para quienes cuentan con formación y pueden hacerlo sin generar una segunda emergencia.

Una vez en tierra, la prioridad es comprobar si la víctima responde y si respira con normalidad. En estos casos, el deterioro suele originarse por la falta de oxígeno y, si se prolonga, puede acabar provocando una parada cardiorrespiratoria. De ahí que las ventilaciones tengan una importancia especial en la reanimación tras un ahogamiento.

Qué cambia en una reanimación tras un ahogamiento

Si la persona está inconsciente y no respira normalmente, debe solicitarse ayuda de emergencia y comenzar la reanimación. Las guías del European Resuscitation Council de 2025 recomiendan iniciar la asistencia con cinco ventilaciones de rescate y, si continúa sin responder y sin respirar con normalidad, seguir con RCP. En adultos, esta incluye ciclos de 30 compresiones torácicas y dos ventilaciones.

Si hay un desfibrilador externo automatizado (DEA), debe utilizarse siguiendo sus indicaciones y secando antes el pecho. Su colocación no debe retrasar el inicio de la reanimación. Y si quien presencia la emergencia no sabe hacer ventilaciones o no está dispuesto a realizarlas, comenzar las compresiones torácicas sigue siendo preferible a no actuar.

Conviene además saber también qué actuaciones es mejor evitar, como intentar “sacar el agua” de los pulmones presionando el abdomen, colocando a la víctima boca abajo o realizando maniobras destinadas a drenar líquido. Estas acciones pueden retrasar la ventilación y las compresiones. La prioridad es restablecer la respiración y la circulación.

El riesgo no termina al salir del agua

No todos los casos terminan en pérdida de consciencia. Una persona puede ser rescatada despierta y presentar tos, agotamiento, respiración anormal o desorientación. En esas circunstancias es importante vigilar cómo evoluciona y solicitar asistencia sanitaria ante dificultades respiratorias, alteración del nivel de consciencia o cualquier empeoramiento posterior.

Si presenta un nivel de respuesta reducido pero respira normalmente y no necesita RCP, las recomendaciones europeas indican colocarla de lado en posición de recuperación y continuar vigilando su respiración y su estado mientras llega la asistencia.

Prevenir incluso antes del baño

Muchas de las medidas más eficaces son sencillas: elegir zonas vigiladas, respetar banderas e indicaciones de los socorristas y evitar lugares donde el baño esté prohibido. También es importante no sobreestimar la capacidad para nadar y prescindir del alcohol antes de entrar al agua. En niños pequeños, la supervisión tiene que ser continua, activa y cercana; saber nadar o utilizar elementos de flotación no sustituye la vigilancia de un adulto.

El entorno es otro de los factores a tener en cuenta. Corrientes, oleaje, cambios de profundidad o agua fría, así como una distancia aparentemente asumible hasta la orilla, pueden transformar un baño cotidiano en una emergencia. La OMS ha señalado además que fenómenos como inundaciones, tormentas y olas de calor están aumentando determinados riesgos relacionados con los ahogamientos.

Precisamente el 23 de julio de 2026, la organización presentó un nuevo paquete técnico basado en siete estrategias de prevención. Las medidas incluyen mejorar la seguridad de los entornos acuáticos y del transporte por agua, enseñar natación y seguridad acuática, reforzar el cuidado de los niños pequeños, formar en rescate y reanimación y aumentar la preparación frente a inundaciones y otras emergencias.

El problema de esperar una escena de película

Prevenir un ahogamiento, por lo tanto, no depende únicamente de saber nadar. También exige comprender el entorno y reconocer cuándo alguien ha dejado de controlar la situación, además de saber intervenir sin crear un nuevo riesgo. En una piscina llena de gente o en una playa concurrida, una emergencia puede pasar desapercibida precisamente porque no se parece a lo que esperamos ver.

Quien se está ahogando puede no gritar, no levantar los brazos y ni siquiera parecer estar pidiendo ayuda. Puede permanecer en silencio, sin avanzar y concentrando toda su energía en conseguir respirar. Identificar esas señales, activar rápidamente a los servicios de emergencia y conocer unas nociones básicas de reanimación puede marcar la diferencia en unos minutos en los que cada acción cuenta.

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