30 de Junio de 2026
Desastres naturales y salud: cómo se responde ante una emergencia sanitaria

Fotografía: Rayner Peña / EFE
Los terremotos registrados en Venezuela han vuelto a poner sobre la mesa una realidad que aparece tras cada gran desastre natural: una crisis de este tipo no afecta solo a los edificios, las carreteras o las viviendas. También sacude la capacidad de respuesta del sistema sanitario. En cuestión de minutos, hospitales, centros de salud, equipos de rescate y profesionales pasan de trabajar de manera habitual a enfrentarse a un escenario marcado por la presión, la incertidumbre y la necesidad de tomar decisiones rápidas.
En una catástrofe sísmica, la atención principal suele concentrarse en los derrumbes y en la búsqueda de supervivientes. Es lógico: ahí se juega una parte esencial de la respuesta inicial. Pero la dimensión sanitaria empieza incluso antes de que los pacientes lleguen a un hospital. Los equipos de emergencia deben localizar, valorar y estabilizar las situaciones más críticas a la vez que organizar traslados hacia los puntos de asistencia que siguen funcionando. En ese momento, conservar el orden no es opcional: se trata de una condición para salvar vidas.
El triaje se convierte en una de las herramientas más importantes. Clasificar a los pacientes permite identificar quién necesita atención inmediata, quién puede esperar, quién requiere evacuación urgente y qué recursos deben activarse primero. Esta labor es habitual, pero en situaciones con altos niveles de presión puede resultar especialmente compleja: hay múltiples víctimas, comunicaciones interrumpidas, caminos bloqueados o infraestructuras dañadas que obligan a los profesionales a trabajar con el entorno real que tienen delante y no con el escenario ideal que aparece en protocolos.
Ese entorno real muestra toda su complejidad a medida que comienzan a llegar pacientes a los puntos de atención. No todas las personas presentan el mismo tipo de lesión ni necesitan la misma respuesta. A los traumatismos, fracturas, aplastamientos o hemorragias se suman complicaciones respiratorias, heridas que requieren curas inmediatas y pacientes que necesitan observación. Algunos casos precisan cirugía urgente; otros, estabilización, inmovilización, analgesia o antibióticos. Todo esto ocurre, además, en un momento especialmente difícil para los hospitales, que pueden recibir un volumen de pacientes muy superior al habitual justo cuando también afrontan daños estructurales, cortes de luz, falta de agua, problemas de acceso o pérdida de material.
Ante una emergencia de gran escala, el sistema sanitario tiene que reorganizarse con rapidez. No basta con abrir más camas o reforzar el servicio de urgencias: hay que identificar los centros que siguen operativos, concentrar determinados servicios en los puntos con mayor capacidad, derivar pacientes cuando sea necesario y solicitar apoyo externo allí donde la atención no puede mantenerse con los recursos disponibles. En ese contexto, los hospitales de campaña, las clínicas móviles, los puestos médicos avanzados y las unidades de atención comunitaria son fundamentales si los edificios sanitarios están saturados o no ofrecen condiciones seguras.
La continuidad asistencial es otro de los grandes retos presentes en este tipo de situaciones. Un terremoto no interrumpe solo la vida de quienes han sufrido una lesión visible en ese momento, sino que también afecta a personas con patologías previas, como diabetes, cáncer, hipertensión o tratamientos psiquiátricos. Si esos grupos pierden su medicación, no son capaces de acceder a ella o no pueden acudir a una revisión, el riesgo sanitario aumenta, aunque no derive de una lesión causada directamente por el terremoto. Lo mismo ocurre con embarazadas, recién nacidos, personas mayores, menores, pacientes dependientes o ciudadanos con discapacidad.
Una vez superada la primera fase de rescate y atención urgente, mantener las condiciones de higiene y salubridad gana especial relevancia. Las zonas de refugio, los albergues improvisados y los desplazamientos masivos pueden generar nuevos problemas si no se garantiza agua potable, saneamiento, alimentación suficiente y acceso a servicios básicos. La prevención de infecciones, la vigilancia epidemiológica, la vacunación cuando sea necesaria y el control de brotes forman parte de la respuesta sanitaria tanto como las urgencias quirúrgicas. Una emergencia no termina cuando se rescata a la última persona atrapada: continúa mientras la población siga viviendo en condiciones precarias.
Cuando la emergencia se prolonga, la respuesta sanitaria necesita reforzarse también con una buena comunicación. En situaciones de miedo, pérdidas y rumores, comunicar bien puede evitar conductas de riesgo, reducir desplazamientos innecesarios y disminuir la ansiedad colectiva. Las autoridades sanitarias y los equipos sobre el terreno deben explicar dónde acudir, qué centros siguen disponibles, cómo protegerse ante posibles réplicas, cuándo buscar atención médica y qué medidas seguir en refugios o zonas dañadas. Esa información debe ser clara, comprensible y adaptada a la población, ya que, si llega tarde o se contradice, la desorientación crece.
La salud mental forma parte de esa misma respuesta. Un terremoto conlleva situaciones de duelo, shock, insomnio, ansiedad o estrés. Los niños pueden tener dificultades para entender lo ocurrido; las personas mayores pueden sentirse desubicadas y quienes han perdido su casa o a familiares cercanos pueden necesitar acompañamiento. Además, los propios profesionales sanitarios trabajan bajo una presión enorme: turnos prolongados, escenas de alto impacto emocional, decisiones difíciles y escasez de recursos. Cuidar también a los profesionales es una medida de seguridad para mantener el sistema sanitario.
Esa necesidad de orden también se debe trasladar al trabajo entre equipos. En una catástrofe, los servicios sanitarios no actúan solos: necesitan coordinarse con rescate, protección civil, autoridades locales y organizaciones que aportan apoyo logístico o comunitario. Si cada grupo trabaja por separado, pueden repetirse esfuerzos en una zona mientras otras quedan sin atención suficiente. Por eso, una respuesta eficiente necesita criterios compartidos, canales claros de comunicación, registro de pacientes, distribución organizada de recursos y una estructura que permita decidir prioridades sin perder tiempo.
Esa coordinación debe respetar además el contexto local. Los equipos externos pueden aportar experiencia, material y capacidad técnica, pero necesitan trabajar con profesionales del país, entender la organización sanitaria existente y adaptarse a las condiciones culturales, lingüísticas y sociales de la población afectada. La ayuda más eficaz no es la que llega con más visibilidad, sino la que se integra mejor en las necesidades reales del territorio.
Los terremotos muestran con crudeza que la sanidad no siempre se ejerce en espacios controlados, con recursos suficientes y protocolos previsibles. A veces hay que atender en una calle, en un refugio o en un hospital afectado. En esos escenarios, el conocimiento técnico sigue siendo imprescindible, pero necesita ir acompañado de criterio, comunicación, trabajo en equipo, sensibilidad cultural y capacidad de adaptación.
Por eso, la formación de los futuros profesionales sanitarios no puede quedarse únicamente en la teoría. Prepararse para trabajar en el entorno sanitario implica conocer la práctica asistencial, comprender cómo funcionan distintos sistemas de salud y aprender a desenvolverse en entornos diversos. Una mirada internacional y cercana a la realidad ayuda a formar sanitarios capaces de responder no solo cuando todo está organizado, sino también cuando el contexto cambia de forma abrupta y la prioridad es actuar con rigor, humanidad y sentido clínico.

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