26 de Agosto, 2026
Dieta cetogénica y cómo puede formar parte del tratamiento de la epilepsia infantil

Cuando un niño tiene epilepsia, el primer abordaje suele apoyarse en medicamentos destinados a prevenir o reducir las crisis, pero estos no siempre tienen el resultado esperado. Cuando nos encontramos con que dos fármacos bien elegidos y utilizados de forma adecuada no consiguen un control mantenido, hablamos de epilepsia farmacorresistente. A partir de ahí pueden valorarse distintas opciones y una de ellas resulta inesperada para muchas de las familias: modificar de forma muy precisa lo que el menor come.
Entre estas estrategias se encuentra la terapia cetogénica, basada en una alimentación con un aporte elevado de grasas y una reducción considerable de los hidratos de carbono. Su objetivo no es perder peso ni reproducir la popular “dieta keto”, sino provocar cambios metabólicos que puedan influir sobre la actividad cerebral. Se trata de una estrategia clínica capaz de ayudar a disminuir la frecuencia de las crisis en determinados tipos de epilepsia infantil. La International League Against Epilepsy (ILAE) la reconoce como un abordaje no farmacológico establecido y las guías NICE recomiendan considerarla en situaciones concretas bajo supervisión especializada.
Cambiar el combustible que utiliza el cerebro
En condiciones normales, la glucosa procedente principalmente de los hidratos de carbono constituye una de las principales fuentes de energía del organismo. Una pauta cetogénica reduce de manera marcada estos nutrientes, incrementa la proporción de grasas y mantiene las proteínas necesarias para cubrir las necesidades del crecimiento. Ante ese cambio, el hígado produce cuerpos cetónicos, que pueden utilizarse como combustible alternativo, también por el cerebro.
La explicación de su efecto antiepiléptico, sin embargo, va más allá de “producir cetonas”. La investigación apunta a modificaciones en la actividad de los neurotransmisores, el funcionamiento de las mitocondrias, la excitabilidad neuronal y determinados procesos relacionados con la neuroinflamación y el estrés oxidativo. En los últimos años también ha cobrado interés el posible papel de la microbiota intestinal, lo que indica que no existe un único mecanismo, sino varios cambios metabólicos que son capaces de influir sobre la actividad cerebral.
Esta forma de abordar la enfermedad no es nueva. Comenzó a utilizarse hace más de un siglo, aunque perdió protagonismo con la llegada de nuevos medicamentos anticonvulsivantes y volvió a despertar interés décadas después, especialmente para aquellos pacientes que no respondían suficientemente a ellos.
No existe una única pauta cetogénica
La modalidad clásica es la más restrictiva: establece una proporción concreta entre grasas y la suma de proteínas e hidratos de carbono, y las cantidades de los alimentos se calculan con mucha precisión. Pero actualmente existen otras posibilidades, como la Atkins modificada, la basada en triglicéridos de cadena media o el tratamiento de bajo índice glucémico.
Esa variedad permite adaptar el enfoque a la edad, el diagnóstico, las necesidades energéticas, la forma de alimentación o las posibilidades de cada familia. No todos los pacientes requieren el mismo grado de restricción para obtener beneficio, y esa flexibilidad adquiere especial importancia cuando estas pautas deben mantenerse durante periodos prolongados.
Un ensayo aleatorizado publicado en 2025 comparó, por ejemplo, la Atkins modificada con el tratamiento de bajo índice glucémico en 91 menores con epilepsia farmacorresistente. Tras 24 semanas, ambos grupos habían experimentado reducciones importantes en la frecuencia de las crisis, sin una diferencia estadísticamente significativa entre ellos. El trabajo refleja precisamente el interés por encontrar alternativas que mantengan una posible eficacia clínica sin imponer siempre el régimen más restrictivo.
¿En qué casos puede plantearse?
No se prescribe ante cualquier diagnóstico. NICE recomienda considerarla en determinados síndromes y en situaciones resistentes a los medicamentos cuando otras alternativas han resultado insuficientes o no son apropiadas.
Entre ellos aparecen el síndrome de Dravet, Lennox-Gastaut, los espasmos infantiles y la epilepsia con crisis mioclónico-atónicas. Además, existe un papel especialmente relevante en dos trastornos metabólicos: la deficiencia del transportador de glucosa tipo 1, conocida como GLUT1, y la deficiencia de piruvato deshidrogenasa.
En estos dos últimos casos, en los que existe un problema relacionado con la forma en que el cerebro recibe o utiliza la glucosa, los cuerpos cetónicos pueden proporcionar entonces una fuente energética alternativa y sortear parcialmente ese defecto metabólico. De hecho, el consenso internacional considera las terapias cetogénicas una opción de primera elección para ambos trastornos.
Por eso hablar simplemente de una “dieta para la epilepsia” sería impreciso. La indicación depende de la causa, el tipo de enfermedad, los abordajes utilizados anteriormente y las características concretas de cada paciente.
Qué resultados pueden esperarse
La respuesta varía entre pacientes y el objetivo no siempre es conseguir la desaparición completa de los episodios epilépticos. La ILAE señala que aproximadamente la mitad de los menores que comienzan una terapia cetogénica consiguen reducir al menos un 50 % el número de crisis, mientras que una proporción menor llega a quedar libre de ellas.
Los estudios disponibles hasta ahora respaldan su utilidad especialmente en epilepsias resistentes a medicamentos, aunque los resultados varían según la modalidad utilizada, el diagnóstico y el tiempo de seguimiento.
Una reducción relevante puede tener consecuencias importantes en la seguridad y la calidad de vida incluso cuando no se consigue eliminar por completo las crisis. Por eso la evolución no se valora exclusivamente contando episodios. También pueden tenerse en cuenta su intensidad, la necesidad de otros medicamentos, el estado de alerta, el desarrollo y la situación general del paciente.
Terapia acompañada de seguimiento
Modificar de forma tan marcada la distribución habitual de nutrientes también puede provocar efectos adversos. Un estudio publicado en 2025 sobre la modalidad clásica identificó complicaciones tanto a corto como a largo plazo, entre ellas problemas gastrointestinales y alteraciones metabólicas. También pueden aparecer déficits de vitaminas y minerales, cambios en los niveles de lípidos o cálculos renales.
Para evitar esto, antes de comenzar se realiza una valoración médica y nutricional que confirme que esta alternativa es adecuada y descarte determinadas enfermedades metabólicas en las que podría resultar peligrosa. Después se controlan el crecimiento, las analíticas, la tolerancia y la evolución neurológica. Además, pueden ser necesarios suplementos para asegurar una ingesta suficiente de micronutrientes.
De ahí que no pueda reproducirse de manera segura siguiendo menús encontrados en Internet. Incluso algunos jarabes, medicamentos o complementos pueden contener hidratos de carbono y necesitar una revisión para evitar que interfieran en una pauta diseñada con cantidades muy concretas.
El reto del mantenimiento
Una vez establecida, buena parte del esfuerzo se traslada al día a día. Las familias pueden tener que pesar alimentos, revisar etiquetas, preparar recetas específicas y coordinar las comidas con el colegio, los viajes, los cumpleaños o las celebraciones. Para un menor, comer también tiene una dimensión social, y mantener restricciones intensas durante mucho tiempo puede resultar difícil.
Por eso la elección no depende únicamente de cuál sea la modalidad más estricta. Deben equilibrarse eficacia, seguridad, desarrollo nutricional y capacidad real para integrarla en la rutina. Una estrategia que funciona sobre el papel pierde buena parte de su utilidad si resulta imposible mantenerla correctamente a lo largo del tiempo.
La relación entre alimentación y epilepsia infantil muestra hasta qué punto el manejo de una enfermedad neurológica puede ir más allá de los medicamentos. En algunos pacientes, modificar la forma en la que el organismo obtiene energía consigue influir sobre la actividad cerebral. Y es precisamente ahí donde lo que llega al plato deja de ser una cuestión secundaria para convertirse, cuidadosamente calculado, en parte del tratamiento.

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