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6 de Agosto, 2026

Después de las llamas: cómo afecta el humo de los incendios a la salud

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Después de las llamas: cómo afecta el humo de los incendios a la salud

Cuando pensamos en los daños que puede causar un incendio forestal, las llamas y sus daños a la naturaleza suelen ocupar el primer lugar. Las quemaduras, la destrucción de viviendas y las evacuaciones son sus consecuencias más visibles, pero el peligro no desaparece cuando el fuego está lejos o comienza a estar controlado. El humo puede desplazarse con el viento, permanecer durante días y deteriorar la calidad del aire en zonas alejadas. Por eso, una persona puede verse afectada, aunque nunca haya estado cerca del frente del incendio.

El 27 de junio de 2026, el Ministerio de Sanidad publicaba por primera vez una guía específica sobre los riesgos sanitarios asociados a los incendios forestales. El documento no se centra únicamente en las quemaduras o la atención de emergencias. También aborda la exposición al humo, la combinación con las temperaturas extremas y la seguridad del agua y los alimentos, además del impacto emocional que puede dejar una situación de este tipo.

El humo no está formado solo por aquello que podemos ver u oler. Es una mezcla de gases y partículas producidas durante la combustión de árboles, vegetación y otros materiales. Si el fuego alcanza viviendas, vehículos o residuos, también pueden liberarse sustancias procedentes de pinturas, plásticos, metales y productos químicos. Su composición depende, por lo tanto, de lo que se esté quemando y de las condiciones del incendio.

Entre esos componentes que pueden encontrarse en el humo, las partículas PM2,5 representan una de las principales preocupaciones para la salud. Su diámetro es igual o inferior a 2,5 micras, mucho menor que el grosor de un cabello humano. Este tamaño les permite penetrar profundamente en los pulmones y, en algunos casos, alcanzar el torrente sanguíneo. Además, las partículas generadas por los incendios pueden resultar especialmente dañinas por su capacidad para provocar inflamación y estrés oxidativo.

Los primeros efectos pueden parecer leves: picor de ojos, irritación de nariz y garganta, tos, dolor de cabeza, cansancio o dificultad para respirar. Sin embargo, la exposición también puede desencadenar crisis de asma, empeorar una enfermedad pulmonar obstructiva crónica o aumentar la carga sobre el sistema cardiovascular. Por este motivo, durante los días posteriores a un incendio tienden a crecer las consultas y los ingresos por problemas respiratorios y cardiacos.

No todas las personas responden de la misma forma. Los menores respiran una mayor cantidad de aire en relación con su peso y sus pulmones todavía están en desarrollo. Las personas mayores, por otro lado, pueden tener menos capacidad para compensar una reducción de la calidad del aire. También necesitan una protección especial quienes presentan asma, enfermedades pulmonares, cardiopatías, diabetes o problemas renales, así como las mujeres embarazadas. La exposición durante la gestación se ha relacionado con un mayor riesgo de parto prematuro y bajo peso al nacer.

La distancia tampoco elimina por completo el riesgo. Las columnas de humo pueden desplazarse hasta municipios situados lejos de las llamas. En ocasiones aparece olor a quemado o cambia el color del cielo sin que el incendio sea visible. En otras, la contaminación puede estar presente sin una señal tan evidente. Por eso, la percepción personal puede no ser suficiente para decidir si es seguro salir, ventilar la vivienda o hacer ejercicio al aire libre.

Sanidad recomienda consultar el Índice de Calidad del Aire y la información difundida por las autoridades. Cuando la contaminación aumenta, conviene reducir el tiempo en el exterior y evitar el ejercicio intenso, porque el esfuerzo físico acelera la respiración y hace que se inhale una mayor cantidad de partículas.

Para que permanecer en la vivienda resulte realmente seguro, una de las primeras medidas consiste en cerrar puertas y ventanas para limitar la entrada de humo. También es importante evitar acciones que empeoren el aire interior, como fumar, utilizar aerosoles, freír alimentos o pasar la aspiradora. Esta última puede levantar de nuevo las partículas depositadas. Para retirar cenizas y polvo, se aconseja utilizar paños húmedos y no barrer en seco.

Las mascarillas tampoco protegen todas de la misma manera. Las quirúrgicas no se ajustan lo suficiente al rostro para filtrar eficazmente las partículas finas. Si es necesario salir en una zona afectada, se recomienda utilizar una FFP2 o una N95 bien colocada. Aun así, estas mascarillas no filtran todos los gases, por lo que no convierten en seguro el permanecer innecesariamente en un ambiente contaminado.

Como añadido a todas esas complicaciones, el calor puede agravar la situación. Los incendios suelen coincidir con la época de verano y con temperaturas elevadas, lo que puede dificultar la refrigeración de algunas viviendas, sobre todo en estos casos en los que es recomendable mantener las ventanas cerradas. El organismo debe afrontar a la vez la exposición al humo y el esfuerzo necesario para regular la temperatura. Aumenta así el riesgo de deshidratación, mareos y golpe de calor, especialmente entre personas mayores, menores y trabajadores al aire libre. Si la vivienda no puede mantenerse fresca y libre de humo, puede ser necesario acudir a un espacio habilitado con aire limpio.

Aunque muchos síntomas pueden empezar como una molestia leve, hay señales que indican que la exposición está afectando de una forma más seria al organismo. Una dificultad respiratoria intensa, el dolor en el pecho, la confusión, la debilidad repentina, las palpitaciones persistentes o el empeoramiento de una enfermedad previa no deberían atribuirse únicamente al olor o al calor. En el caso de las personas que siguen tratamientos crónicos, disponer de la medicación habitual cobra especial importancia durante una evacuación, ya que una interrupción también puede provocar complicaciones. Las quemaduras, la pérdida de consciencia o los signos compatibles con un golpe de calor requieren atención urgente.

Los riesgos tampoco desaparecen en cuanto se apagan las llamas. Las cenizas pueden quedar depositadas sobre superficies, huertos, depósitos y alimentos, y arrastrar sustancias químicas o metales hasta el agua. Por este motivo, los productos sin envasar que hayan estado en contacto directo con el humo o los restos del incendio pueden dejar de ser seguros, mientras que la información oficial sobre el abastecimiento permite saber si el agua puede utilizarse con normalidad.

Algo parecido ocurre con el aire. Aunque el fuego ya esté controlado, la contaminación exterior puede seguir siendo peor que la del interior de una vivienda, de modo que abrir las ventanas demasiado pronto no siempre ayuda. Por ello, el regreso a una casa evacuada también debe esperar hasta que se confirme que es seguro, ya que pueden haber daños estructurales, rescoldos o materiales peligrosos que no se perciben a simple vista.

A todo ello se suma el impacto menos visible, pero igualmente relevante. Abandonar una vivienda, temer por familiares o mascotas, perder propiedades o ver transformado el entorno puede provocar tristeza, ansiedad, irritabilidad, problemas de sueño y sensación de inseguridad. En los menores, ese malestar puede aparecer mediante cambios de conducta o un miedo persistente a que el fuego regrese. Por eso, la recuperación no consiste solo en volver a casa o respirar un aire más limpio, sino también en contar con acompañamiento y apoyo profesional cuando el malestar se mantiene.

Lo que concluimos, por lo tanto, es que un incendio forestal no termina sanitariamente cuando desaparecen las llamas. El humo puede extender sus efectos mucho más allá de la zona quemada, mientras las cenizas, el calor y la alteración del entorno mantienen otros riesgos. La nueva guía de Sanidad refleja precisamente esa realidad: proteger la salud exige vigilar la calidad del aire, adaptar actividades y cuidar a las personas más vulnerables, además de mantener las precauciones el tiempo que sea necesario, porque lo que queda suspendido en el ambiente puede ser menos visible que el fuego, pero no por ello resulta menos importante.

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