1 de Junio de 2026
1 de cada 5 universitarios abandona en el primer año. El problema que empieza antes de entrar

La mayoría no elige qué estudiar. Elige a qué puede entrar con su nota.
Estos días, cerca de cualquier biblioteca o academia, es fácil escuchar a estudiantes de dieciocho años hablar de la PAU. Y hay una queja que se repite más que cualquier otra: sacar un trece sobre catorce ya no distingue a nadie, porque hoy esa nota la alcanza una parte importante del alumnado. La nota de corte ha dejado de decir algo sobre la dificultad real de una carrera; solo registra cuál fue la última puntuación con la que alguien consiguió plaza el año anterior.
Y no les falta razón: hemos terminado midiendo el valor de los grados por una cifra que no refleja su dificultad ni su contenido, sino el cruce entre oferta y demanda. Para la mayoría, elegir un grado se convierte en una carrera contrarreloj donde entran en juego demasiadas cosas a la vez: la nota de la PAU, las plazas disponibles, las preferencias familiares, las salidas profesionales y esa sensación de que una cifra puede abrir o cerrar caminos.
Y en ese contexto, muchos estudiantes no empiezan preguntándose "¿qué quiero estudiar realmente?", sino "¿a qué puedo entrar con mi nota?" o "¿qué tiene salidas?". Son preguntas legítimas, forman parte del sistema y conviene tenerlas en cuenta, pero el problema aparece cuando se convierten en los únicos factores de decisión.
Notas, salidas profesionales, presión familiar: demasiado ruido para tomar una decisión
La nota de acceso orienta, ordena y limita posibilidades. Pero no debería sustituir la reflexión. Una cosa es tener en cuenta los requisitos de entrada y otra muy distinta es dejar que unas décimas decidan por completo qué tipo de vida académica y profesional vas a empezar a construir.
Algo parecido ocurre con frases como "tiene salidas", "encaja con tu perfil" o "es algo útil". Todas pueden ser razones válidas, pero combinadas con poca información real sobre el grado terminan produciendo decisiones con una base demasiado frágil. Porque una carrera no es una opción en una lista ni una salida vista desde fuera: es un recorrido concreto, con asignaturas específicas, una metodología, un ritmo de trabajo y una forma determinada de aprender que experimentarás en primera persona.
Por eso, no es que la mayoría de los estudiantes que sienten que se han equivocado hayan tomado una mala decisión en sentido absoluto; simplemente eligieron con una imagen incompleta de lo que venía después y priorizando los aspectos equivocados.
Los datos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades respaldan esta idea. Su Estadística de Rendimiento Académico muestra que, entre quienes comenzaron un grado en el curso 2021-2022, el 22,1 % lo dejó durante el primer año y un 9 % se cambió a otros estudios en ese mismo periodo. No significa que todos eligieran mal, pero sí refleja algo importante: la elección de estudios es, para muchas personas, un momento de ajuste, duda y replanteamiento.
No es qué eliges, es desde dónde eliges
Aquí está la idea que más merece la pena llevarse: lo importante no es solo qué carrera escoges, sino desde dónde la escoges. ¿Estás decidiendo desde el deseo o desde la urgencia? ¿Desde la información o desde la comparación con tus compañeros? ¿Desde lo que te interesa o desde lo que te tranquiliza a corto plazo?
Decidir con tiempo, información y acompañamiento no es lo mismo que hacerlo desde el miedo a quedarse sin opciones. Por eso conviene, antes de mirar listas y notas de corte, cambiar la pregunta de partida.
En lugar de empezar por "¿a qué puedo entrar?", prueba con preguntas distintas: ¿Qué tipo de tareas disfruto cuando nadie me obliga? ¿Prefiero entornos teóricos o aplicados? ¿Cómo soporto la incertidumbre: necesito estructura clara o me adapto bien al caos? ¿Qué asignaturas de bachillerato me han hecho pensar, no solo aprobar? Las respuestas no resuelven la elección, pero la orientan desde un lugar distinto.
Investigar el grado de verdad, no solo el nombre
Otro paso que muchos estudiantes saltan, y luego pagan caro, es investigar el grado más allá de su nombre. "Psicología", "ADE", "Ingeniería Biomédica" o "Comunicación Audiovisual" son etiquetas que pueden contener cosas muy distintas según la universidad.
Antes de marcar una opción en la solicitud, merece la pena hacer lo siguiente:
• Leer el plan de estudios completo, no solo el título de las asignaturas.
• Revisar las guías docentes de las materias de primero, donde están la bibliografía, la metodología y el sistema de evaluación.
• Comparar el mismo grado entre dos o tres universidades distintas. Los pesos de prácticas, matemáticas, idiomas o trabajo en grupo cambian mucho de un sitio a otro.
• Mirar si hay prácticas externas, cuándo se hacen y de qué tipo.
Un trabajo de un par de tardes puede ahorrarte un curso entero.
Habla con quien ya está dentro
Las webs oficiales y los vídeos promocionales son útiles, pero están diseñados para que el grado parezca atractivo. Para una imagen más realista, busca a alguien que ya esté cursándolo: un estudiante de segundo o tercero, una persona recién egresada o un profesional en activo.
LinkedIn es una herramienta infrautilizada por los estudiantes de bachillerato. Puedes escribir a personas que trabajan en lo que te interesa y preguntarles cómo es su día a día real, qué estudiaron y qué cambiarían. La mayoría responden si el mensaje es breve, educado y honesto. Una conversación de veinte minutos suele dar más información que diez folletos.
No hace falta tener vocación clara para elegir bien
Conviene también desactivar un mito que hace daño: la idea de que hay que tener una vocación clara para elegir bien. Mucha gente no la tiene a los dieciocho años, y eso no significa que no puedan encontrar su camino a su debido tiempo.
A veces basta con un interés sostenido en un tema y la disposición a comprometerse con él durante un tiempo. Otras veces lo que hay es curiosidad pura, ganas de explorar. Cualquiera de las dos puede sostener una carrera. Lo que rara vez funciona es elegir sin nada de eso, solo por descarte, por inercia o por presión externa.
¿Y si ya estás dentro y dudas?
Seamos honestos: no pasa nada por no acertar a la primera. Si has llegado hasta aquí cursando un grado que no te termina de convencer, conviene tener algo presente: dudar no es fracasar. Cambiar de carrera o hacer una pausa no es tiempo perdido; es decidir con información nueva que antes no tenías.
Dicho esto, hay algo que ayuda a equivocarse menos, o al menos a darse cuenta mucho antes: estar cerca de la realidad de la profesión desde el principio. Una buena parte de las dudas que aparecen en segundo o tercero vienen de haber pasado años estudiando solo teoría, sin contacto con un entorno profesional real. Y ese contacto es precisamente lo que te permite saber si la carrera te gusta de verdad o si lo que te gustaba era la idea que te habías hecho de ella. Cuanto más tarde llega ese momento, más tiempo avanzas sin tener la respuesta.
Por eso, si estás dudando ahora, puede ser un buen momento para hacerte no solo la pregunta "¿es la carrera adecuada?", sino también esta otra: "¿estoy viendo en algún momento cómo es esta profesión por dentro?". Y si la respuesta es que no, o que aún quedan dos años para saberlo, quizá el problema no sea únicamente qué estudias, sino el modelo en el que lo estás estudiando.
Qué debería pedirle al modelo universitario antes de decidir
Hay algo que pocas universidades dicen en voz alta: el formato en el que estudias condiciona tanto tu experiencia como la carrera que hayas elegido. Un grado puede estar bien diseñado sobre el papel y ser incompatible con tu vida real.
Universidad Mundae parte de una idea distinta. El proceso de admisión no se resuelve con una nota: incluye una entrevista en la que se valora el perfil y la motivación de cada candidato, porque una cifra no anticipa cómo alguien va a desenvolverse durante cuatro o cinco años de carrera.
El modelo es flexible por diseño. Según la titulación, los estudios son online o semipresenciales, lo que los hace compatibles con la vida laboral y familiar. Y para quienes quieran ir más allá, hay planes de movilidad que implican moverse entre países y proyectos, sin tener que esperar a un Erasmus en tercero ni pedir un año sabático.
En carreras como Enfermería, el contacto con el entorno profesional empieza desde las etapas más tempranas. Las prácticas no son un trámite del último curso: forman parte del recorrido desde el principio, que es precisamente cuando más ayudan a confirmar si la elección tiene sentido.
La diferencia, en definitiva, es de orientación: la universidad se adapta al alumno, no al revés.
Elegir bien una carrera no es solo saber qué quieres estudiar. Es encontrar un modelo que te permita comprobarlo desde el principio, que se ajuste a tu vida y que valore quién eres más allá de la nota que conseguiste un día de junio. Eso no garantiza acertar a la primera, pero cambia mucho el punto de partida. Y a veces, el punto de partida lo es todo.

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