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2 de Julio de 2026

El riesgo de las pantallas antes de los dos años

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El riesgo de las pantallas antes de los dos años

Un bebé frente al móvil durante la comida, dibujos en la tablet para aguantar una espera o evitar una rabieta, o vídeos encadenados antes de dormir son escenas cada vez más habituales. Pero también llevan a una pregunta necesaria para muchas familias: ¿qué ocurre cuando las pantallas forman parte de la vida de un niño casi desde su nacimiento, justo en una etapa en la que el cerebro aún está aprendiendo a mirar, escuchar, moverse, hablar y regularse?

Una investigación publicada en junio de 2026 por investigadores de universidades británicas, entre ellas University of Leeds, Leeds Trinity University, Aston University y Loughborough University, ha profundizado en el tema. El trabajo analiza el uso de pantallas durante los primeros 1.001 días de vida y recomienda evitar su uso intencionado y regular en menores de dos años al encontrar asociación entre esta exposición temprana y posibles riesgos en lenguaje, sueño, vínculo con el entorno, regulación emocional, salud visual y obesidad. El mensaje no busca culpar a las familias, sino recordar que el entorno digital ha cambiado más rápido que nuestra capacidad para entender sus efectos, sobre todo en los primeros años de vida.

Diversas guías internacionales coinciden con esta recomendación, como la Organización Mundial de la Salud, que aconseja que los menores de un año no pasen tiempo sedentario frente a pantallas y tampoco recomienda esta exposición en niños de un año. Por otro lado, la American Academy of Pediatrics desaconseja el uso de medios digitales antes de los 18 meses, salvo videollamadas puntuales con familiares o personas cercanas.

La importancia de la interacción real

Los dos primeros años son un periodo especialmente importante y sensible. El bebé aprende a través del cuerpo y de la relación: mira caras, reconoce voces, responde a gestos, explora, se mueve, señala y espera una reacción. Cada una de esas experiencias ayuda a construir conexiones cerebrales.

Una pantalla puede captar la atención, pero no responde como una persona. No ajusta su ritmo al gesto del niño, no interpreta su balbuceo ni convierte una acción pequeña en una conversación. Incluso cuando el contenido parece educativo, el aprendizaje temprano depende mucho de la interacción humana. A estas edades, ver una palabra o escuchar una canción no equivale a vivir una experiencia compartida con un adulto.

Por eso, el riesgo no está solo en la pantalla como objeto. Está en lo que supone en el ámbito cognitivo. Si el dispositivo sustituye conversación, juego, movimiento o contacto visual, reduce oportunidades esenciales para el desarrollo.

Menos intercambio y menos palabras

Uno de los ámbitos con más evidencia es el lenguaje. En 2023, un estudio publicado en JAMA Pediatrics analizó a más de 7.000 niños y observó que un mayor tiempo de pantalla en niños de un año se asocia con una mayor probabilidad de retrasos posteriores en comunicación y resolución de problemas a los dos y cuatro años. La investigación no prueba que la pantalla sea la única causa, pero sí señala una relación relevante entre exposición temprana y desarrollo.

Otro estudio, publicado en JAMA Pediatrics en 2024, siguió a 220 familias australianas y midió el entorno lingüístico de niños entre 12 y 36 meses. Los resultados fueron claros: más tiempo de pantalla se asocia con menos palabras escuchadas, menos vocalizaciones y menos conversaciones entre adultos y niños.

Y esto importa porque el lenguaje no se aprende por exposición pasiva. Un niño necesita escuchar y probar sonidos, repetir, equivocarse y recibir respuestas. Cuando la pantalla ocupa parte de ese tiempo, disminuyen las oportunidades de practicar el intercambio que sostiene el habla.

Sueño, calma y hábitos cotidianos

La forma en que las pantallas pueden interferir en las rutinas básicas es otro de los aspectos nocivos que se han estudiado. Antes de dormir, los estímulos visuales y sonoros pueden aumentar la activación y dificultar la desconexión. En menores de dos años, el descanso tiene un papel central en la maduración cerebral, la memoria, el crecimiento y la regulación de emociones.

Otro punto delicado es el uso del móvil o la tablet como herramienta de calma. A corto plazo puede funcionar: el llanto baja, la comida avanza o el trayecto se hace más fácil. Pero si se convierte en una respuesta habitual, el niño puede acostumbrarse a regular el malestar con un estímulo externo intenso. Eso resta espacio a otras formas de acompañamiento, como poner palabras a lo que ocurre, aguantar una rabieta, ofrecer un objeto real, cantar, moverse o esperar.

Contenido y contexto

Una duda frecuente es si los vídeos educativos cambian ese panorama. Pueden ser preferibles a los contenidos rápidos, caóticos o inadecuados, pero no resuelven el problema principal. En menores de dos años, el aprendizaje necesita contexto, repetición y relación. Nombrar un animal en una pantalla no tiene el mismo valor que verlo en un cuento, señalarlo con un adulto, imitar su sonido o recibir una respuesta.

Por eso, más que dividir los usos entre “buenos” y “malos”, conviene fijarse en si la pantalla abre una interacción o la sustituye. Una videollamada breve con un abuelo, acompañada por otra persona, puede tener sentido porque hay respuesta, mirada y conversación. Mirar fotos familiares y comentarlas juntos también puede convertirse en una experiencia compartida. En cambio, dejar una plataforma en reproducción automática durante largos ratos favorece una exposición pasiva y desplaza otras actividades.

Sin culpa, pero con límites

La conclusión es que hablar del uso de pantallas en bebés exige evitar los extremos: minimizar el problema o convertirlo en una alarma permanente. La evidencia disponible apunta a una idea: antes de los dos años, cuanto menos uso intencionado y regular, mejor. Eso no significa que un momento puntual vaya a dañar el desarrollo ni que las familias deban sentirse culpables por recurrir alguna vez a una pantalla.

La clave está en los hábitos. Algunas medidas sencillas pueden marcar diferencia: evitar pantallas antes de dormir, no usarlas durante las comidas, apagar la televisión de fondo, desactivar la reproducción automática, reservar los dispositivos para situaciones excepcionales y priorizar cuentos, canciones, juego en el suelo, paseo, objetos cotidianos y conversación.

En esta etapa, el cerebro no necesita más estímulos, sino mejores experiencias. Hablar mientras se viste al bebé, responder a sus sonidos, dejarle explorar, cantar o mirarle cuando señala algo son acciones pequeñas, pero que tienen un enorme valor.

Antes de los dos años, el peligro de las pantallas no está solo en el tiempo de uso. Está en la conversación que no ocurre, el sueño que se retrasa, el juego que se reduce y la calma que se aprende a buscar fuera del vínculo.

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