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16 de Julio, 2026

Qué le pasa a tu cerebro tras más de 28 horas sin dormir

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Qué le pasa a tu cerebro tras más de 28 horas sin dormir

Dormir mal suele notarse en pequeños detalles: tener que releer varias veces la misma frase, olvidar por qué has entrado en una habitación o tardar más de lo habitual en responder a una pregunta sencilla. La atención se vuelve inestable, la memoria parece menos fiable y cualquier tarea exige un poco de esfuerzo adicional. Sin embargo, reducir todo esto al cansancio deja fuera una parte importante de lo que ocurre. La falta de sueño no solo cambia cómo nos sentimos, sino también la manera en que el cerebro gestiona sus conexiones y conserva la capacidad de seguir aprendiendo. Una investigación reciente ha observado que permanecer más de 28 horas sin dormir deja cambios medibles en ese sistema.

El estudio, publicado en PLOS Biology, reunió a 40 adultos sanos de entre 20 y 45 años. La mitad durmió con normalidad y la otra mitad permaneció despierta durante unas 28 horas y media. Después, los investigadores analizaron sus cerebros mediante tomografía por emisión de positrones y resonancia magnética. Buscaban cambios en una proteína llamada SV2A, presente en las estructuras que permiten a las neuronas liberar neurotransmisores y comunicarse entre sí. En lugar de preguntar únicamente si los participantes se sentían cansados, el equipo quiso comprobar si la privación de sueño modificaba físicamente un marcador relacionado con las sinapsis, es decir, con los puntos de comunicación entre las neuronas.

Los resultados mostraron un aumento de esa señal en seis de las ocho regiones cerebrales analizadas. Los cambios fueron especialmente visibles en el hipocampo, el tálamo y la corteza parietal, zonas vinculadas con la memoria, la atención y el procesamiento de la información. Puede parecer extraño que dormir poco aumente un marcador relacionado con las conexiones neuronales. Después de todo, solemos asociar una mayor actividad cerebral con algo positivo. Pero más actividad no significa necesariamente un mejor funcionamiento. En determinadas condiciones, puede indicar que el sistema no ha tenido la oportunidad de reajustarse.

Durante el día, cada conversación, decisión, estímulo o aprendizaje modifica en cierta medida la comunicación entre las neuronas. Algunas conexiones se refuerzan porque contienen información útil, mientras que otras se activan de manera más pasajera. Si este proceso continuara acumulándose sin ningún tipo de regulación, las redes neuronales perderían capacidad para distinguir qué señales son importantes. El cerebro seguiría recibiendo información, pero le resultaría más difícil separarla del ruido. Una de las funciones del sueño sería precisamente reducir parte de esa intensidad acumulada y conservar los cambios más relevantes.

Esta explicación forma parte de la llamada hipótesis de la homeostasis sináptica. En términos sencillos, plantea que la vigilia aumenta progresivamente la fuerza de muchas conexiones, mientras que el sueño ayuda a reajustarlas. No significa que el cerebro borre lo aprendido durante el día ni que todas las sinapsis se debiliten por igual. El proceso sería más parecido a regular un sistema que ha trabajado durante muchas horas: bajar aquello que se ha amplificado en exceso, conservar las señales útiles y evitar que toda la red permanezca funcionando al máximo. Sin ese reajuste, el cerebro puede continuar activo, pero dispone de menos capacidad para incorporar información nueva con precisión.

Por eso, cuando una persona no duerme durante toda una noche, el problema no consiste únicamente en que piense más despacio: le cuesta más mantener la atención de forma continua, detectar errores o reaccionar ante estímulos inesperados. En el estudio, las personas privadas de sueño mostraron más somnolencia y un peor rendimiento en una prueba de vigilancia psicomotora, utilizada para medir los fallos de atención y la velocidad de respuesta. En la vida cotidiana, esa pérdida de precisión puede aparecer al conducir, estudiar, trabajar con datos o realizar una tarea repetitiva. El cerebro no deja de funcionar, pero alterna momentos de rendimiento aceptable con pequeños lapsos en los que la respuesta llega tarde o no llega.

La memoria depende del mismo equilibrio. Aprender algo nuevo requiere que el cerebro pueda modificar determinadas conexiones sin que todo el sistema se encuentre ya saturado. Dormir permite organizar parte de la información adquirida durante el día, reforzar algunos recuerdos y reducir interferencias. Cuando falta descanso, se combinan dos dificultades: el cerebro ha perdido una fase importante para procesar lo aprendido y, además, afronta el día siguiente con menos margen para registrar información nueva. Esto explica por qué pasar la noche estudiando no garantiza que el contenido se recuerde mejor, aunque aumente las horas dedicadas a una materia.

El sueño profundo parece tener un papel especialmente relevante en esta recuperación. Después de la noche en vela, los participantes del estudio pudieron dormir una siesta de dos horas. Quienes presentaban mayores aumentos en el marcador SV2A mostraron, además, una actividad más intensa de ondas lentas, características de las fases profundas del sueño. Estas ondas suelen aumentar cuando la presión por dormir es elevada y el cerebro necesita recuperarse. La relación observada sugiere que, tras muchas horas despierto, el propio organismo intensifica los mecanismos asociados al descanso profundo.

Sin embargo, una siesta no permite concluir que todos los cambios desaparezcan de inmediato. Los investigadores no realizaron una nueva exploración después de una noche completa de recuperación, por lo que no pudieron comprobar cuánto tardaba la señal cerebral en volver a su estado inicial. El trabajo tampoco demuestra que dormir una hora menos ocasionalmente produzca exactamente el mismo efecto que permanecer despierto toda la noche. Analiza una situación concreta de privación aguda de sueño en adultos sanos. Aun así, plantea una pregunta relevante: qué puede suceder cuando el cerebro encadena repetidamente jornadas sin tiempo suficiente para reajustarse.

El estudio no permite trasladar estos resultados a cualquier noche de descanso deficiente, pero sí muestra que permanecer más de 28 horas despierto deja una huella medible en el cerebro. Lo que experimentamos como despistes, lentitud o falta de claridad no responde únicamente a una sensación de cansancio. Puede ser la manifestación cotidiana de un sistema que continúa funcionando sin haber completado su reajuste y que dispone de menos margen para filtrar información, aprender y responder con precisión.

Qué le pasa a tu cerebro tras más de 28 horas sin dormir

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