5 de Agosto, 2026
Cuando miles de personas necesitan atención: el reto sanitario de Ceuta

Imagen: Quique Curbelo / EFE
Una red sanitaria está organizada y pensada para atender las necesidades habituales de su población: calcula cuántos profesionales necesita, distribuye las ambulancias, reserva camas hospitalarias y mantiene existencias de medicamentos y material. Pero ¿qué pasa cuando una situación inesperada cambia la demanda de servicios sanitarios? El resultado es que una llegada repentina de miles de personas puede alterar ese equilibrio en cuestión de horas. En Ceuta, los servicios sanitarios contabilizaron 1.622 asistencias entre el 31 de julio y el 2 de agosto de 2026. Aunque no llegó a producirse un colapso asistencial, fue necesario reforzar Atención Primaria, las urgencias hospitalarias y el servicio 061 para responder al aumento extraordinario de la demanda.
Este tipo de situaciones permite entender una parte poco visible de la sanidad: su capacidad para adaptarse cuando las necesidades dejan de ser previsibles. El problema no depende únicamente del número total de pacientes, sino de cuántos llegan al mismo tiempo, qué gravedad presentan y qué recursos están disponibles. Un sistema puede atender a cientos de personas a lo largo de varias semanas y, en cambio, verse seriamente presionado si muchas necesitan valoración durante una misma tarde.
La primera dificultad es que las necesidades no son iguales para todos. Algunas personas pueden requerir curas, hidratación, alimentación o acceso a su medicación habitual. Otras llegan con heridas, traumatismos, problemas respiratorios, agotamiento o hipotermia, o con complicaciones derivadas de haber permanecido durante horas en condiciones adversas. También puede haber embarazadas, menores y pacientes con enfermedades crónicas que han interrumpido sus tratamientos. Por eso, la respuesta no puede limitarse a trasladar a todo el mundo al hospital y atender por orden de llegada.
En ese momento entra en juego el triaje, una valoración rápida que permite ordenar la asistencia por nivel de gravedad. Los profesionales observan la respiración, la circulación, el nivel de consciencia y las lesiones, además de otros signos que indican si una persona necesita ayuda inmediata o puede esperar con seguridad. La prioridad no depende de quién llegó primero, sino del riesgo para su vida y de la posibilidad de que su estado empeore. Además, esta clasificación debe revisarse, porque alguien que parecía estable puede deteriorarse con el paso del tiempo.
Una vez realizada esa primera valoración, hay que decidir dónde debe atenderse cada caso. No todas las personas necesitan ingresar en un hospital. Los centros de salud pueden resolver problemas leves, realizar curas y administrar tratamientos, además de detectar quién necesita pruebas más complejas. Los equipos de emergencias atienden sobre el terreno, estabilizan a los pacientes y organizan los traslados. El hospital queda reservado para quienes requieren cirugía, cuidados intensivos, vigilancia continua o atención especializada.
Esta distribución resulta esencial para evitar que toda la demanda se concentre en las urgencias hospitalarias. En uno de los primeros balances de Ceuta, 902 de las 1.149 asistencias registradas hasta entonces se habían realizado en Atención Primaria y 247 en el Hospital Universitario. La mayoría pudo recibir atención sin entrar en el circuito hospitalario, lo que permitió conservar camas, pruebas y personal especializado para los casos más graves.
Dentro del hospital, aumentar la capacidad no consiste únicamente en habilitar más camas. Cada una necesita profesionales, oxígeno, monitorización, material, medicamentos y acceso a pruebas diagnósticas. También es necesario asegurar el funcionamiento de radiología, laboratorio, farmacia, quirófanos y banco de sangre, además de las unidades de cuidados intensivos. Si alguno de estos servicios se satura, puede retrasarse la atención, aunque todavía queden espacios disponibles.
Enfermería ocupa una posición central durante todo este proceso. Sus profesionales participan en la primera valoración, controlan las constantes vitales, administran medicación, realizan curas y vigilan la evolución, además de detectar los cambios que puedan indicar un empeoramiento. Cuando el volumen de pacientes aumenta, estas tareas deben realizarse con rapidez, pero sin perder precisión.
Otra dificultad aparece cuando faltan datos clínicos. Algunas personas pueden llegar sin documentación, informes médicos o información precisa sobre los tratamientos que siguen. Eso, unido a la barrera lingüística, hace que aparezcan dificultades a la hora de explicar síntomas, antecedentes, embarazos o alergias. En estos casos son necesarias preguntas claras, sistemas de identificación y apoyo lingüístico. La información esencial debe acompañar al paciente durante cada traslado para evitar que los equipos tengan que repetir la valoración desde el principio.
La edad y las circunstancias personales también modifican las prioridades. Un menor puede deshidratarse más rápido que un adulto y quizá no sepa explicar qué le ocurre. Una embarazada puede necesitar una valoración obstétrica más extensa, aunque el motivo inicial parezca leve. Casos como estos, sumados al impacto emocional de una experiencia extrema, pueden provocar miedo, desorientación, angustia o dificultades para comunicarse.
El reto se presenta ya que, mientras se atiende esta demanda extraordinaria, la actividad sanitaria habitual no desaparece. Continúan produciéndose infartos, partos, accidentes, infecciones y descompensaciones de enfermedades conocidas. También existen tratamientos programados y seguimientos que no pueden interrumpirse indefinidamente. Uno de los mayores desafíos consiste en responder a la emergencia sin dejar sin atención a la población que utiliza normalmente esos servicios.
Para lograrlo, el sistema necesita reforzar turnos, redistribuir profesionales y ampliar determinados puntos de atención, además de crear dispositivos temporales para los casos menos graves. Esta capacidad para aumentar rápidamente los recursos recibe el nombre de capacidad de expansión asistencial. No depende solo de tener material almacenado, sino de contar con un plan que indique quién dirige la respuesta, qué espacios pueden utilizarse y qué personal debe incorporarse, así como la forma de solicitar suministros adicionales.
Los relevos también son fundamentales. Durante las primeras horas, la situación puede sostenerse mediante refuerzos inmediatos y la prolongación de algunos turnos. Si la presión continúa, el cansancio puede afectar a la concentración, la toma de decisiones y la seguridad de los pacientes, por lo que la organización debe prever descansos, sustituciones y equipos suficientes para mantener la asistencia durante varios días.
La coordinación entre los distintos niveles sanitarios es igual de importante. Atención Primaria, hospital, 061 y servicios de apoyo necesitan compartir información sobre camas disponibles, material, traslados y número de pacientes. Si cada equipo actúa de forma aislada, pueden producirse concentraciones innecesarias en determinados puntos mientras otros conservan capacidad. Una comunicación común permite distribuir mejor el trabajo y adaptar la respuesta a medida que cambia la situación.
Pero la atención tampoco termina cuando disminuyen las llegadas. Después pueden aparecer necesidades de seguimiento, reposición de tratamientos, vacunación, vigilancia de heridas, atención maternoinfantil o apoyo emocional. Al mismo tiempo, los centros deben recuperar progresivamente su actividad ordinaria, reponer suministros y revisar lo ocurrido. Analizar los tiempos de espera, los traslados y las dificultades detectadas permite mejorar los protocolos para futuras emergencias.
El caso de Ceuta muestra la importancia de controlar una presión sanitaria excepcional para que no conduzca necesariamente al colapso, y eso se consigue cuando la atención se distribuye, los recursos se refuerzan y los distintos equipos trabajan de forma coordinada. Cuando la demanda se multiplica en pocas horas, la respuesta depende tanto del trabajo clínico como de decisiones menos visibles: clasificar, proteger la capacidad hospitalaria, compartir información y mantener la atención habitual. La diferencia no está solo en cuántos medios existen, sino en la rapidez y el criterio con los que se ponen a funcionar.

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