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20 de Mayo, 2026

El sonido que no oímos, pero el cuerpo sí

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El sonido que no oímos, pero el cuerpo sí

Cuando el oído no es el único que escucha

En 1998, el ingeniero británico Vic Tandy trabajaba solo, de noche, en un laboratorio de equipos médicos en Warwick. Sintió frío, una presencia incómoda y vio una figura gris por el rabillo del ojo. Al día siguiente, mientras revisaba una espada de esgrima sujeta en un torno, la hoja empezó a vibrar sola, sin que nada la tocara. Lo que Tandy descubrió no era un fantasma: era un extractor de aire emitiendo una onda estacionaria de 18,98 hercios, casi exactamente la frecuencia de resonancia del globo ocular humano. El "laboratorio embrujado" era física básica. Y la sensación de presencia, una respuesta corporal a una frecuencia que el oído no codifica como sonido.

Esa anécdota, publicada después en una revista científica, dejó abierta una pregunta: ¿cuánto del entorno acústico nos afecta sin que sepamos realmente a qué nivel? Casi tres décadas después, la respuesta empieza a tomar forma.

La frontera de los 20 hercios

Por debajo de los 20 hercios se sitúa el infrasonido: ondas sonoras que el oído humano normalmente no codifica como sonido audible. Junto a él, el ruido de baja frecuencia, que se sitúa entre 20 y 200 hercios, forma una franja del espectro con propiedades particulares. Viaja más lejos, atraviesa muros y ventanas con más facilidad que las frecuencias medias o agudas, y se transmite también como vibración estructural. Por eso una persona puede sentir un grave persistente en su dormitorio, aunque el medidor de decibelios no marque gran cosa.

La pregunta científica relevante no es si "oímos" estas frecuencias, sino si el cuerpo las registra cuando la conciencia no.

La respuesta del cuerpo

En abril de 2026, Scatterty y colegas publicaron en Frontiers in Behavioral Neuroscience un experimento que afina mucho esa pregunta. Reunieron a 36 personas en dos grupos: la mitad escuchó una pieza musical de cinco minutos con un infrasonido a 18 hercios añadido, la misma frecuencia del extractor de Tandy; la otra mitad la escuchó sin él. Los participantes no podían detectar el infrasonido. Pero cuando estaba presente, aparecieron cambios medibles: se mostraban más irritables, valoraban la experiencia sonora de forma más negativa y sus muestras de saliva contenían más cortisol, la hormona que el cuerpo libera ante demandas o amenazas. Medirla en saliva es un estándar en investigación sobre estrés: evita el pinchazo —que en sí mismo lo dispara y altera la medición— y refleja la fracción biológicamente activa de la hormona.

Los autores hicieron entonces una comprobación inteligente. Cuando alguien se siente irritado o incómodo, su cortisol puede subir por esa sola razón. Así que cabía preguntarse si el infrasonido afectaba al cuerpo o solo a la experiencia consciente. Para separar las dos cosas, compararon los niveles de personas que habían declarado sentir el mismo grado de irritabilidad. Incluso así, las expuestas al infrasonido los tenían más altos que las del grupo sin él. Lo mismo ocurría al comparar personas con el mismo grado de miedo, o con el mismo grado de incomodidad. Es decir, el infrasonido sumaba un efecto propio al cuerpo, no solo a través del filtro "esto me molesta". La muestra es pequeña, pero la dirección es clara: una frecuencia inaudible modula la fisiología sin pasar por la conciencia.

Otra ruta al cerebro

Dos años antes, un estudio publicado en Scientific Reports en octubre de 2024 ya había abordado el mismo fenómeno desde otro ángulo. Treinta y ocho personas durmieron cuatro semanas, ocho horas por noche, junto a un aparato: a la mitad le tocó uno que emitía infrasonido inaudible de 6 hercios; a la otra mitad, uno idéntico pero apagado, sin saber cuál le había tocado. Antes y después, se les escaneó el cerebro. El infrasonido alteraba varias redes cerebrales —reguladoras de la sensación corporal, la atención y el control interno— pero no la red auditiva, la que procesa lo que oímos.

Y ese detalle es sumamente relevante ya que, si el infrasonido produce efectos, no es a través de la audición, sino por otra vía. El oído deja pasar esas frecuencias como si nada; el resto del cerebro, no.

Bajas frecuencias a un alto coste

El infrasonido puro, fuera del laboratorio, es relativamente raro. Lo habitual en la vida diaria es el ruido de baja frecuencia: tráfico, climatización, maquinaria, trenes, aviones, ascensores, generadores. Y aquí la evidencia ya no es sutil.

El informe Environmental Noise in Europe 2025 de la Agencia Europea de Medio Ambiente, publicado en junio de 2025, cuantifica el problema sin rodeos. Más de 110 millones de europeos, por encima del 20% de la población, están expuestos a niveles dañinos de ruido del transporte según los umbrales de la Directiva europea; cerca de 150 millones, más del 30%, si se aplican las recomendaciones más estrictas de la OMS. La exposición prolongada se asocia con 66.000 muertes prematuras anuales, 50.000 nuevos casos de enfermedad cardiovascular y 22.000 nuevos casos de diabetes tipo 2. El coste económico ronda los 95.600 millones de euros al año: el 0,6% del PIB europeo.

Hay un dato que rompe el supuesto popular de "si no es ruidoso, no afecta": los efectos cardiovasculares adversos aparecen ya a niveles de 45 dB Lden, muy por debajo de los umbrales regulatorios vigentes. Comentando estos hallazgos, el cardiólogo Thomas Münzel, al frente del grupo de sostenibilidad ambiental de la Sociedad Europea de Cardiología, ha llegado a hablar de "emergencia médica". No estamos ante una molestia menor, sino ante un factor de riesgo modificable, comparable en peso epidemiológico al tabaquismo pasivo o al plomo ambiental.

Cuando el cerebro está de guardia

Una revisión publicada en Environmental Disease en marzo de 2025 sintetiza lo que sucede en nuestro cuerpo. El ruido nocturno activa de forma repetida el sistema nervioso autónomo, dispara cascadas de cortisol y promueve inflamación crónica leve. La disrupción del sueño no es un síntoma colateral: es el puente principal entre exposición acústica crónica y enfermedad cardiovascular.

El cerebro durante el sueño no se apaga; filtra. Un grave repetitivo y difícil de localizar puede fragmentar el descanso sin llegar a despertar del todo a la persona. Por eso muchas quejas asociadas al ruido de baja frecuencia no se formulan como "oí algo" sino como "no descansé", "me levanté tenso", "había una sensación rara en la habitación". Es la misma lógica que la de Tandy en su laboratorio: el cuerpo informa antes de que el cerebro consiga nombrar la fuente.

Preguntas por responder

Dicho esto, existen límites. La sensibilidad al infrasonido varía mucho entre personas y los efectos detectados en condiciones experimentales son, hasta ahora, tímidos. Algunos estudios previos sobre exposiciones prolongadas no han encontrado cambios cognitivos o psicológicos claros. La pregunta abierta no es si el infrasonido "hace algo" en términos generales, sino en qué dosis, durante cuánto tiempo, en qué personas y combinado con qué otros factores acústicos.

Cambiar la métrica

La implicación práctica es directa. Hospitales, residencias, escuelas, oficinas y viviendas siguen construyéndose y atendiendo al ruido audible, medido en decibelios ponderados que infravaloran sistemáticamente las bajas frecuencias. La normativa europea continúa moviéndose en esos parámetros, pese a que la evidencia ya señala efectos por debajo de sus umbrales.

El silencio no consiste solo en ausencia de ruido percibido. Consiste también en que el sistema nervioso no esté respondiendo, en segundo plano, a señales que la mente no llega a procesar como sonido. Tandy descubrió esa idea por accidente, con una espada vibrando sola en 1998. Tres décadas después, la fisiología y la neuroimagen le están dando la razón.

La pregunta que queda no es si construimos edificios silenciosos. Es si los construimos silenciosos también para el cuerpo. Y si nuestras métricas actuales, pensadas para lo que oímos, bastan para abordar el problema.

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